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Ángel José Roncalli nació el 25
de noviembre de 1881, en Sotto il Monte, cerca
de Bérgamo, en una provincia que había
pertenecido a Venecia y que conserva todavía,
en la arquitectura y en las costumbres, el
recuerdo de la Serenísima. Era el tercer hijo
de una antigua familia de trabajadores, cuyos orígenes
pueden seguirse hasta el siglo XV cuando un Martín
Roncalli, llamado Maitino, bajó desde el Valle
Imagna y se estableció cerca de Bérgamo. El
pintor Pomarancio, que dejó valiosas huellas de
su arte en San Pedro, perteneció a la familia y
se llamó Cristobal Roncalli.
Angel José Roncalli estudió en Bérgamo,
luego perfeccionó sus estudios en Roma, adonde
el seminarista llegó en 1900, justo para
participar en las festividades del Año Santo.
Era el tiempo en que León XIII celebraba en
versos latinos el amanecer del nuevo siglo.
Cuando, en 1905, Monseñor Jaime Radini-Tedeschi
fue nombrado Obispo de Bérgamo, el joven
sacerdote Roncalli fue designado como secretario
del que sería uno de los Obispos más ilustres
de Italia en un período de terribles luchas
entre la Iglesia y el poder temporal. La
actividad de la Iglesia, en el dominio social
sobre todo, fue impresionante en aquellos años,
y el Obispo de Bérgamo destacó por su actitud
siempre en favor de los que pedían mejores
condiciones de vida. Cuando los obreros de
Ranica se declararon en huelga, fue el Obispo
Radini-Tedeschi el que organizó una suscripción
destinada a asegurar el pan a los huelguistas.
Cinco años después de haber
terminado sus estudios en el seminario de Bérgamo,
Roncalli volvía a su seminario como profesor de
sociología y de historia eclesiástica. Redactó,
en aquellos años dedicados al estudio, dos
libros, el uno, aparecido en 1908 sobre el
Cardenal César Baronio, en el tercer centenario
de su muerte; el otro, de investigación
erudita, titulado "Actas de la visita apostólica
de San Carlos Borromeo a Bérgamo", en el
que se refleja la época más característica
del renacimiento religioso después del Concilio
de Trento. En 1912 publicó una conferencia en
la que ponía de relieve la antigüedad de la
obra asistencial de la Iglesia, y los orígenes
medievales de la beneficencia. Es importante señalar
aquí el hecho de que la ciudad de Bérgamo fue
la primera en Italia en la que se produjo el
regreso de los católicos a la vida política,
sin tenerse en cuenta el non expedit pontificio.
Dos candidatos católicos se presentaron en las
elecciones de 1904 y fueron elegidos. El
Vaticano aprobó la actitud del Obispo y la
revista "Civiltá Cattólica" la
legitimó, explicándola como un concordato
establecido entre la autoridad eclesiástica
central y los Obispos. Un año después, con la
Encíclica "Fermo proposito", el Papa
permitía a los católicos intervenir en las
elecciones, enviando diputados católicos al
Parlamento de Roma. Uno de los campeones de la
intervención fue el Obispo Tedeschi, secundado
en sus actividades por Roncalli. En 1914, el
Obispo de Bérgamo fallecía entre los brazos de
su secretario, que más tarde le dedicaría una
detallada biografía.
Cuando Italia entró en guerra, el
sacerdote Roncalli se alistó, combatió en el
frente y ganó el grado de sargento. Después de
la guerra regresó a su ciudad natal, donde se
le encargó la dirección espiritual de los clérigos.
En diciembre de 1920 una carta le llamaba a
Roma, donde Pío XI preparaba el año jubilar de
1925 y la exposición misionera, cuya organización
fue entrega a Roncalli.
En 1924, fue enviado a Bulgaria
como administrador apostólico en Sofía, con el
fin de centralizar la actividad de los católicos
búlgaros. Desde Sofía fue trasladado a
Estambul, con el mismo cargo, y luego a Atenas,
como delegado apostólico. En los trágicos años
de 1941-1942, los griegos, católicos o no,
encontraron en el delegado del Papa una ayuda
permanente y eficaz. Medicinas y alimentos
enviados desde el Vaticano aliviaron la miseria
del pueblo griego, que pudo seguir en su heroica
resistencia.
En diciembre de 1944 fue nombrado
por Pío XII Nuncio apostólico en París y el 1
de enero de 1945 Monseñor Roncalli presentaba
al general De Gaulle, en nombre del Cuerpo
Diplomático, las felicitaciones del Año Nuevo.
Las izquierdas dominaban en la vida política
francesa y los periódicos pedían el despido de
ochenta y siete Cardenales, Arzobispos y
Obispos, acusados de colaboracionismo. La
directa y hábil intervención del Nuncio redujo
el número de los indeseables a tres. Dos
problemas graves se planteaban entonces en
Francia: uno era el de la enseñanza (los
comunistas y los radicales luchaban por la
exclusividad de la enseñanza laica) y otro el
de los prisioneros alemanes y los
colaboracionistas encarcelados.
El problema de la enseñanza fue
resuelto de manera satisfactoria, en el sentido
de que la Iglesia pudo gozar de la independencia
necesaria para poder seguir en su misión
espiritual y social. El otro problema era
más delicado. El número de los prisioneros
alemanes detenidos en Francia era de 260,000 en
1948, tres años después de haber terminado la
guerra. Como no había tratado de paz entre
Francia y Alemania, el problema parecía
insoluble. Estados Unidos e Inglaterra habían
enviado a los prisioneros a sus hogares. Los
Cardenales y Obispos de Francia dirigieron al
gobierno una llamada, el 23 de marzo de 1948, y
en un espíritu de verdadera hermandad europea,
el gobierno contestó favorablemente y liberó a
los prisioneros.
En enero de 1953, el presidente de
la República, Auriol, jefe del partido
socialista, imponía al Nuncio Roncalli el
birrete cardenalicio en el gran salón del Elíseo,
según el protocolo fijado por el concordato. Al
recibir en la Nunciatura al Arzobispo de París,
Monseñor Feltin, que venía para felicitarle,
el nuevo Cardenal Roncalli dijo: "Y pensar
que me hubiera gustado tanto hacer de párroco,
acabar mis días en alguna diócesis de mi
tierra". Poco después abandonaba París y
salía para Venecia, donde había sido nombrado
Patriarca. Fue allí donde vinieron a visitarle
el presidente Auriol, el Cardenal Feltin y el
Cardenal primado de Polonia, Wyszynski. Cuando
su cargo se lo permitía, salía de viaje, a
Lourdes, a Fátima, a Santiago de Compostela y,
sobre todo, a Sotto il Monte, para contemplar la
tierra que le había visto nacer y donde sus
hermanos seguían trabajando. Fue en aquella
antigua casa donde, reunida la familia alrededor
de la radio, una voz familiar resonó en una
noche de otoño, llevando a los Roncalli una
inesperada noticia: "Os anuncio una gran
alegría". En aquella noche del 28 de
octubre de 1958, la radio comunicaba al mundo el
nombre del nuevo Papa: "Angelum Josephum
Roncalli". Los Roncalli, en la cocina
iluminada, lloraban de alegría y pronto se
encendieron fuegos en los campos alrededor de la
casa, en toda la provincia de Bérgamo, Juan
XXIII entraba en la historia como uno de los
sucesores de Pedro.
Al escoger el nombre de Juan, Ángel
José Roncalli recordó, como de paso, que era
el nombre que más Papas habían llevado en la
historia de la Iglesia y que casi todos ellos
tuvieron un pontificado corto. Y un año más
tarde decía a unos paisanos que fueron a verle:
"El que es Papa a los 78 años no tiene un
gran porvenir". El pontificado del Papa
Roncalli, en efecto, fue corto: cuatro años y
medio. Pero más de una vez un pontificado corto
ha resultado decisivo. A la muerte de Juan
XXIII, el día 3 de junio de 1963, el mundo tuvo
un poco la medida excepcional de lo que en poco
tiempo había hecho "el buen Papa
Juan"; se vio que su acción no sólo
se había notado en la vida interna de la
Iglesia Católica, sino también en los
cristianos de las demás confesiones, en los
creyentes no cristianos y también en los incrédulos.
Por primera vez en cuatrocientos años la
bandera del palacio primado anglicano se ponía
a media asta por la muerte de un Obispo de Roma.
Los signos que no tenían precedentes, o los tenían
muy antiguos, se sucedieron en pocos días, y
los dirigentes religiosos de los diversos credos
y los políticos de bandos contrarios
coincidieron en el dolor y la admiración. Para
el pueblo era sobre todo la muerte de un hombre
"bueno de verdad", de un santo.
En la vida interna de la Iglesia
Católica, la iniciativa fundamental de Juan
XXIII fue la convocatoria de un Concilio Ecuménico.
El Papa Roncalli anunció su idea (en plena
octava de oración por la unión de los
cristianos), pocos meses después de su elección.
El anuncio despertó una gran esperanza y también
algún desconcierto. El Concilio Vaticano I
había sido, en efecto, el "Concilio
del Papa". Bastantes daban por supuesto que
la época de los Concilios había pasado y que
ya no eran necesarios desde la declaración de
la infalibilidad pontificia. Pero, una vez
anunciado, el Vaticano II aparecía como una
continuación y un complemento del Vaticano I,
y, por consiguiente, como el "Concilio de
los Obispos". La posible diversidad de
matices en el enfoque del Concilio entre la
curia romana y los Obispos se confirmó, en
efecto, cuando el Concilio se reunió en el otoño
de 1962. En la preparación de los esquemas, que
fue muy intensa, habían tenido un papel
decisivo los responsables de las diversas
congregaciones romanas. En las sesiones, que
duraron hasta principios de diciembre, el papel
decisivo correspondió, en cambio, a los
Obispos. Los distintos puntos de vista se
expresaron con una libertad y seriedad que
impresionó a los observadores anglicanos,
protestantes y ortodoxos. Los debates
desembocaron en una conclusión clara: el
Concilio se inclinaba a una revisión de los
esquemas, y el tema central tenía que ser,
precisamente, la Iglesia. El esquema "De
Ecclesia" podía ser el eje del trabajo
conciliar, y el tema de la Iglesia no sólo había
de tratarse "de cara adentro", sino
también "de cara afuera": la
presencia de la Iglesia en el mundo. A la vista
de esta conclusión, Juan XXIII nombró una
comisión coordinadora, que en los meses
siguientes redujo los setenta esquemas a menos
de veinte.
Lo más curioso del caso es que la
orientación que surgía espontánea de los
debates conciliares coincidía con la que ya había
señalado Juan XXIII en su discurso de apertura,
el día 11 de octubre; un discurso que sorprendió
por su vigor programático. Señalaba claramente
una orientación abierta y optimista, en
desacuerdo con los "profetas de
calamidades"; manifestaba el deseo de no
condenar, de usar más la "medicina de la
misericordia" que la severidad y ayudar a
los hombres de nuestros días con una exposición
más actualizada y comprensible de la doctrina
de Jesucristo. "La Iglesia -afirmaba-
prefiere salir al encuentro de las necesidades
de hoy, mostrando la validez de la doctrina, más
que renovando cadenas". Finalmente el
discurso colocaba el trabajo del Concilio en la
perspectiva de un esfuerzo por la unidad visible
de la familia cristiana y de toda la humanidad.
"La Iglesia considera su deber esforzarse
activamente para que se cumpla el gran misterio
de aquella unidad que Jesús pidió con ardiente
plegaria".
El esfuerzo de Juan XXIII por
mejorar las relaciones de los católicos con los
demás cristianos no puede separarse del
Concilio, pero conviene señalar que habían
obtenido ya buenos frutos cuando el Concilio se
abrió. Y así la acogida, por parte de las demás
confesiones cristianas, fue muy distinta de la
que había tenido el Concilio Vaticano I. El
primado anglicano había visitado al Papa en
1960. Los dirigentes de buen número de
confesiones cristianas lo habían ido haciendo
también. La creación de un Secretariado para
la Unión de los Cristianos fue, sin duda, un
paso importantísimo.
Este Secretariado, al frente del
cual puso el Papa al Cardenal alemán Bea,
jesuita, antiguo rector del Instituto Bíblico y
antiguo confesor de Pío XII, ejerció una
actividad notable e influyó decisivamente en el
cambio de clima. En pleno Concilio, el
Secretariado era elevado al nivel de las demás
comisiones y tomaba una parte importante en la
reelaboración de los esquemas. De esta manera,
las tareas del Concilio y el esfuerzo de
acercamiento entre los cristianos no aparecían
ya-según pensaron algunos- como dos etapas
sucesivas, sino como dos esfuerzos simultáneos,
más eficaces cuanto más juntos.
El día Jueves Santo de 1963 firma
el Papa Roncalli su Encíclica "Pacem in
Terris", la última y la más famosa de sus
nueve Encíclicas. Tiene la novedad de estar
dirigida no sólo a los Obispos de todo el
mundo, y al clero y a los fieles católicos,
sino también -por primera vez- "a todos
los hombres de buena voluntad". El dato es
sintomático del tercero de los grandes
esfuerzos de Juan XXIII: la paz en la tierra.
Ese esfuerzo fue comprendido y encontró eco en
todo el mundo. La concesión del Premio Balzan
de la Paz, en la primavera del mismo año, fue
un testimonio de ese reconocimiento que
alcanzaba no sólo a los hombres del Occidente,
sino también a los de Oriente.
Con su última Encíclica Pacem in
Terris el Papa ponía al día la enseñanza de
la Iglesia sobre la paz, que debe reinar en
todas las relaciones humanas, como antes -en
1961- había puesto al día la doctrina social
de la Iglesia en la Encíclica "Mater et
Magistra". Hay una unidad profunda entre
las dos Encíclicas, como la hay en todo el
pontificado de Juan XXIII. En todos los actos de
su breve e intenso gobierno el Papa Roncalli se
mostró un hombre lleno de fe y de inteligencia
cristianas.
Los últimos meses de su vida,
minada por un mal incurable y doloroso, fueron
los más intensos de su actividad y de su
testimonio. El día de la Ascensión se despidió
de los fieles para entrar en una preparación
espiritual para Pentecostés, que debía ser
también su preparación para una muerte lenta,
sencilla e impresionante. A la hora de la muerte
se vio con más claridad que nunca la unidad
profunda de la vida y obra de aquel hombre
bueno, humilde y alegre, que fue un gran
cristiano y un gran Papa.
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