Juan
María Mastai-Ferretti Acontecimientos de
inmensa importancia política y espiritual marcan
el más largo pontificado de la historia, el fin
temporal de los Papas y la creación del reino de
Italia, la creación del Imperio alemán, la
condenación del laicismo moderno a través del
Syllabus y el Concilio ecuménico Vaticano I,
proclamando la infalibilidad del Papa.
La humanidad dio importantes pasos en
el camino del progreso. Fueron inaugurados el
canal de Suez y los túneles a través de los
Alpes, la medicina y la química revolucionaron la
vida cotidiana del hombre, Pasteur hizo su
descubrimiento, que revelaba a los hombres el
universo de los mircróbios; el positivismo impuso
a todos la creencia absoluta en la ciencia
experimental y en el porvenir paradisíaco de la
humanidad. La era de la ciencia abría sus
puertas. Los filósofos proclamaron el fin de las
religiones. Nietzsche afirmaba, como hoy Sartre,
que "Dios ha muerto". Augusto Comte,
Carlos Marx, Darwin, Haeckel y Renan confirmaban
las conclusiones de los ilustrados: la Biblia no
había tenido razón. El liberalismo, la masonería,
el socialismo, el laicismo y el radicalismo en
general se apoderaban de los gobiernos, transformándose
en nuevos dogmas religiosos. Sin embargo, a pesar
de las aparentes derrotas, el catolicismo y el
cristianismo en general prepararon, durante
aquellos dramáticos años, su resistencia en todo
el mundo, y sobre todo en Italia, donde una fuerte
"oposición católica" consiguió
conservar las relaciones entre la religión y el
pueblo, para reconquistar poco a poco todas las
posiciones que parecían perdidas.
Animado desde el principio por las
mejores intenciones, inclinado hacia cierto
liberalismo, debido posiblemente al influjo que
pudo ejercer sobre el futuro Pontífice la amistad
con el conde Pasolini, partidario del partido
neoguelfo, Pío IX decretó una amnistía para los
condenados políticos, lo que levantó una ola de
entusiasmo en toda Italia, y sobre todo en Roma,
donde la población se manifestó a favor del
Papa. Una serie de innovaciones de carácter
administrativo, la construcción de los
ferrocarriles, reducción de las tarifas
aduaneras, moderación de la censura de prensa,
etc., siguieron aumentando el crédito del nuevo
Papa, considerado, incluso, como partidario de las
ideas de Mazzini y Gioberti. Dichas reformas
fueron recibidas con júbilo en toda la península,
lo que provocó el descontento de Metternich,
temeroso de perder la poca simpatía que los austríacos
tenían en Italia y de ver envueltos los
territorios ocupados en una nueva revolución.
Francia, en cambio, apoyó al Papa en su afán
reformista.
Pero la reforma dentro de los estados
pontificios era tímida, simple esbozo que no logró
apaciguar a los laicos. La revolución de París
de 1848, seguida por movimientos similares en casi
todas las regiones europeas oprimidas por los regímenes
absolutistas, creó un nuevo clima político,
propicio a las reivindicaciones de los pueblos. La
monarquía francesa se derrumbó, Metternich fue
obligado a dimitir, el emperador Fernando I tuvo
que abdicar en favor de Francisco José I, bajo la
amenaza de los revolucionarios austríacos y húngaros;
el rey de Prusia anunció la formación de un
gobierno constitucional y el rey de Cerdeña
promulgó una Constitución de tipo liberal, el
Statuto, mientras las tropas piamontesas invadían
la Lombardía, territorio ocupado por los austríacos.
Un año después, Carlos Alberto, vencido en
Novara, abdicó, y Víctor Manuel II, el futuro
unificador de la Península, subió al trono de
los Saboya. El conde de Cavour hacía su entrada
en la escena política de Europa. También en
1848, Pío IX promulgó un estatuto fundamental
para el gobierno temporal de los Estados de la
Santa Iglesia, que preveía la creación de un
Parlamento, dos cámaras y un Senado, formado por
el Colegio cardenalicio; pero tampoco esta
reforma, inspirada en el liberalismo, contentó a
los súbditos, entusiasmados por la idea de la
unidad y por la participación de las tropas
pontificias en la guerra contra Austria. El Papa
se negó a ello, tratando de suavizar las cosas al
nombrar a Mamiani ministro del Interior.
Poco después Mamiani tuvo que
presentar su dimisión y Pellegrino Rossi le
sustituyó, mientras las tropas austriacas
ocupaban Ferrara. El 15 de noviembre de 1848,
mientras se dirigía al Parlamento, Rossi fue
asesinado y la revolución estallaba en Roma. El
nuevo gobierno, expresión del "Círculo
popular", hizo prisionero a Pío IX. Bajo la
protección del embajador de Baviera, Pío IX,
vestido de sacerdote, salió en secreto del
Vaticano y se refugió en territorio napolitano,
en la ciudad de Gaeta, donde permaneció 17 meses.
En la noche del 8 al 9 de febrero de 1849, la
Asamblea romana proclamaba el fin del pasado y el
nacimiento de la República romana. Mazzini
triunfaba. En Francia, el príncipe Luis Napoleón
era proclamado presidente de la República.
Desde Gaeta, el secretario de Estado,
Antonelli, pedía la intervención extranjera para
reponer al Papa en sus derechos. La rivalidad
entre Francia, Austria y el Piamonte acerca del
problema italiano demoró por algunos meses una
desición europea en este sentido, hasta que el príncipe
Napoleón envió un cuerpo expedicionario, que
desembarcó en Civitavecchia y ocupó Roma, después
de una encarnizada resistencia de los
republicanos, dirigidos por Mazzini, jefe de un
triunvirato decmocrático. La victoria de la
derecha católica en Francia hizo intervenir
decididamente a Napoleón en favor del Papa y el
15 de julio la bandera pontificia ondeaba otra vez
en el castillo de Sant'Angelo. El Papa no volvió
a Roma hasta el 12 de abril de 1850, y fue
recibido en triunfo por la población, que
esperaba conservar sus derechos y conseguir nuevas
reformas de tipo liberal. Peo Antonelli,
personalidad fuerte y dominadora, se opuso a ello
y transformó el gobierno en una tiranía.
En el Norte, Cavour había empezado
su política, dirigida, en el exterior hacia la
derrota de Austria, en el interior hacia un único
fin: la unidad italiana. Nombrado ministro del
Comercio y de la Industria en 1850, el conde
Camilo Benso de Cavour, consiguió la presidencia
del Consejo en 1852, introdujo en el Piamonte una
serie de reformas de tipo liberal y entró pronto
en conflicto con la Santa Sede por haber quitado a
los eclesiásticos el derecho a la enseñanza y
por haber confiscado los bienes de la Iglesia. En
1855 el Papa excomulgó a los autores de las leyes
consideradas como anticatólicas. Cavour quedó
excomulgado hasta su muerte.
Aprovechando la nueva situación
creada en Europa por la intervención de Francia e
Inglaterra en Rusia, Cavour envió un cuerpo
expedicionario de quince mil hombres a Crimea y se
presentó en el Congreso de París (1856) al lado
de los vencedores. Apoyado por Napoléon III,
defensor de la política de las nacionalidades y
de los pueblos latinos, Cavour consiguió en París
un éxito de primera magnitud: el de plantear el
problema de la evacuación de Italia por parte de
las tropas extranjeras.
Una "Sociedad Nacional" fue
fundada por Cavour en Turín, cuyo presidente fue
La Farina, revolucionario siciliano exiliado en el
Piamonte. Fue esta "Sociedad" la que
dirigió la propaganda pro unitaria en toda la península
y dio un golpe mortal a la política de Mazzini,
basada en la revolución y en la violencia. La táctica
de la "Sociedad" era la de apoyarse en
el Piamonte y de hacer de Turín el centro de la
resistencia anticlerical y antiaustríaca. También
Garibaldi, que había participado en la
resistencia de Roma, se puso al servicio de Cavour.
Era evidente que, de regreso de París, la meta
inmediata de Cavour era la de formar una coalición
contra Austria y echarla de Italia con las armas.
La nueva campaña fue decidida en la entrevista
que Cavour tuvo en Plombiéres con Napoleón III
(1858). Un año más tarde la guerra estallaba y
los austríacos fueron derrotados por los
franco-piamonteses en las batallas de Solferino y
Magenta. Los unitarios, fuertemente apoyados por
la "Sociedad" y por Cavour, provocaron
una serie de rebeliones en los territorios
pontificios y Bolonia proclamó su intención de
unirse con el Piamonte.
Sin embargo, el armisticio de
Villafranca no contentó a los piamonteses. Cavour
tuvo que dimitir, a pesar de haber conseguido la
Lombardía. En 1860 Garibaldi desembarcaba en
Sicilia y ocupaba Palermo, frente a una expedición
financiada por el Piamonte. Poco después
desembarcaba en el continente y ponía fin al
reino de las Dos Sicilias. Desde el norte, y con
el fin aparente de evitar desórdenes en los
estados pontificios, los piamonteses avanzaron
hacia Roma. Perusa y Ancona cayeron, después de
una dura resistencia de las tropas pontificias.
Las Marcas y Umbría votaron a favor de la anexión
al Piamonte y el 17 de marzo de 1861 el Parlamento
de Turín proclamaba a Víctor Manuel II como rey
de Italia. Tropas francesas ocupaban Roma,
defendiendo al Pontífice; pero ninguna potencia
europea intervino para impedir el avance de los
piamonteses en la península. Descontento con
Cavour por haberse detenido ante Roma y por haber
respetado lo que quedaba de los estados
pontificios, Garibaldi emprendió una expedición
por su cuenta con el fin de apoderarse de la
Ciudad Eterna, pero fue vencido por los
piamonteses en la batalla de Aspromonte (1862). El
gonierno italiano se trasladó a Florencia, que se
transformó de este modo en capital del nuevo
reino.
La situación parecía haberse
estabilizado, cuando Prusia entró en guerra con
Francia. Fue el fin del segundo Imperio. El
anticatólico Bismarck, dictador de la paz en París
(1871), permitió la intervención del gobierno de
Florencia en la "cuestión romana". Las
tropas de Víctor Manuel penetraron en los estados
pontificios y el 20 de septiembre de 1870 Roma
capitulaba. "Desde este momento (declaró Pío
IX a los diplomáticos acreditados en Roma) el
Papa es prisionero de Víctor Manuel". Después
del plebiscito del 2 de octubre, el rey de Italia
promulgaba el siguiente decreto: "Artículo 1°:
Roma y las provincias romanas forman parte
integrante del reino de Italia. 2°: El Soberano
Pontífice conserva la dignidad, la inviolabilidad
y todas las prerrogativas de un soberano".
Cartas de protesta llegaron al Papa desde todo el
mundo, pero ningún estado intervino, ninguna
protesta oficial se hizo sentir, salvo la del
Ecuador, cuyo presidente, García Moreno, hizo
sentir su voz "en nombre de la justicia
ultrajada".
El 13 de mayo de 1871, el Parlamento
italiano votaba una ley de garantías que dejaba
al Papa el usufructo de los palacios del Vaticano,
de Letrán y de Castelgandolfo, y la
extraterritorialidad de dichos inmuebles. La
persona del Pontífice era declarada sagrada e
inviolable y el estado italiano se obligaba a
entregarle una renta anual exenta de impuestos.
También se le reconocían al Papa el derecho de
enviar nuncios ante los Gobiernos extranjeros y de
establecer en su territorio servicios postales y
telegráficos. La ley era unilateral y Pío IX la
rechazó, el 15 de mayo de 1871, declarándola
inaceptable. Un período inseguro y movido se abría
en las relaciones entre el Vaticano e Italia, período
que no terminaría hasta 1929, al firmarse los
tratados de Letrán. Libres de las
respondabilidades del poder temporal, la Iglesia
entrará en una nueva fase de vida.
Su poder no hará más que aumentar,
durante el siglo XIX, a pesar del conflicto que la
separaba del Estado y de la permanente oposición
desencadenada en toda Italia por los partidos
liberales y socialista. La catolicidad, basada sólo
en el prestigio moral de la doctrina y de la fe y
en la fuerza espiritual de los Pontífices, volverá
pronto a organizarse. La "oposición católica",
cuya valerosa historia cuenta Giovanni Spadolini
en su libro, constituirá pronto una de las
fuerzas más importantes de la península y, a
principios del siglo XX, hará sentir su voz en el
Parlamento, para manifestarse, en plena resurrección
espiritual y política, después de 1945.
¿Cómo pudo resistir la Iglesia una
embestida tan tremenda? La pérdida del poder
temporal le quitaba cualquier posibilidad de
intervenir en los asuntos europeos y de defender
sus derechos en Italia. Los ataques de los filósofos,
de los científicos, de los políticos, la
aislaban en medio de sus dogmas y de su ritual,
cuya inactualidad aparecía como evidente ante los
ojos de las élites radicales. Fue el Pontíficado
de Pío IX el período más difícil en la
historia de la Iglesia, más difícil y peligroso
incluso que el de Pío VII, ya que la revolución
francesa y Napoleón no habían producido en el
almas una crisis tan total como la producida por
el progreso científico a mediados del siglo XIX.
Ortega y Gasset decía que el hombre de ciencia es
un bárbaro moderno, es decir, una persona
dirigida hacia una sola actividad, concentrada
sobre una sola idea, exenta de vida espiritual. La
Iglesia supo vencer a los bárbaros en los albores
de la Edad Media y transformarlos en seres
humanos. El mismo proceso se está desarrollando
en Occidente desde hace siglo y medio. Pío IX fue
el Papa que emprendió esta nueva campaña de
cristianización, en un mundo invadido por los
caballeros del ateísmo. Jaime Balmes tenía razón
cuando decía: "Pío IX es, ante todo, un
hombre de oración. He aquí por qué estoy sin
temor acerca del éxito final. ¿Qué es lo que
puede la Revolución contra un hombre unido a
Dios?". Balmes hablaba de este modo en 1848,
poco antes de su muerte, en un momento en que
Mazzini proclamaba la República en Roma y el Papa
huía hacia Gaeta.
En medio de la tormenta, Pío IX
proclamó el dogma de la Inmaculada Concepción de
María en 1854, después de haber consultado con
todo el mundo cristiano. La doctrina de la
Inmaculada Concepción había sido formulada por
primera vez, en el siglo IX, por Pascasio Radbert;
había sido aceptada en 1140 por los canónigos de
Lyon, luego por Duns Escoto y los franciscanos, y
oficialmente proclamada por el Concilio de
Basilea. Con la Bula Ineffabilis un nuevo dogma
estaba proclamado, en un momento, precisamente, en
que el mundo parecía separarse de Dios.
Diez años después, Pío IX hacía
la Encíclica "Quanta cura" (8 de
diciembre de 1854), acompañada por un catálogo
en el que aprecían señalados los errores del
siglo. Esta Encíclica coincidía con graves
acontecimientos. En 1863 los rusos habían
aplastado otra vez a los polacos rebeldes,
destruyendo centenares de conventos y de Iglesias
católicas, deportando a los sacerdotes a Siberia
y sustituyéndolos con popes rusos, que obligaban
a los padres a bautizar a sus hijos según el
ritual de la Iglesia oriental. También en 1863
había aparecido la Vida de Jesús por Ernesto
Renan. Era necesaria una centralización de los
católicos, una limpieza general de los errores
que habían invadido las almas. En 1866, en el
mismo Vaticano, el embajador ruso insultaba al
Papa por haber osado defender a los polacos y la
Iglesia rompía las relaciones diplomáticas con
Rusia. Fue en aquel momento cuando aparecieron la
Encíclica "Quanta cura" y el "Syllabus",
en cuya redacción participó Luis Veuillot. Junto
con la Bula "Unam Sanctam", de Bonifacio
VIII, y la "Unigenitus", de Clemente XI,
la Encíclica de Pío IX fue uno de los documentos
papales que más revuelo provocaron en las
conciencias de los católicos y la opinión pública
general. El Papa condenaba el liberalismo, el
racionalismo, el naturalismo, el comunismo y el
socialismo. Protestaba contra la supresión de las
órdenes religiosas, contra la educación impuesta
por el Estado, y proclamaba la libertad del
hombre. El "Syllabus" condenaba ochenta
errores: políticos, filosóficos y religiosos. El
"Syllabus" no era un documento destinado
a la publicación. Sin embargo, debido a
circunstancias todavía no aclaradas, fue
publicado y considerado enseguida como una
declaración de guerra que el Papa lanzaba a la
sociedad moderna.
Napoleón III, el zar Alejandro II y
Víctor Manuel II prohibieron la publicación del
"Syllabus". Monseñor Dupanloup, obispo
de Orléans y famoso orador y polemista, excribió
un folleto en el que explicaba el verdadero
sentido de la Encíclica y de su anexo. Muchos católicos
liberales se sometieron y también los obispos,
con la excepción del decano de la Facultad de
Teología de París, Monseñor Maret. El
pensamiento social que se desprendía de la Encíclica
fue puesto de relieve por Emilio Keller en un
libro que inspiró más tarde a Alberto de Mun,
fundador del Apostolado social. La doctrina social
de la Iglesia, formulada por León XIII, tiene sus
orígenes en "Quanta cura".
En la época en que Roma, como
concepto imperial y político, estaba otra vez en
boga, Mazzini hablaba de la tercera Roma, pagana y
republicana; garibaldi quería hacer de Roma la
capital mundial de la masonería, mientras los
patriotas italianos pensaban en Roma como en la
capital política del nuevo reino. Fue en aquellos
momentos cuando Pío IX convocó un Concilio ecuménico
en Roma con la Bula "Aeterni Patris", de
1868. Pocos meses después el Papa enviaba una
carta, "Arcano divinae", a los obispos
cismáticos de oriente, invitándolos al Concilio
con el fin de realizar la unión de las Iglesias.
Sometidas al poder temporal, instrumentos del
zarismo en Rusia, las varias Iglesias orientales
no contestaron. También la carta dirigida a los
protestantes, con el mismo fin, quedó sin
contestar. Siete comisiones fueron formadas en
Roma, con el fin de estudiar los temas del
Concilio. El 8 de diciembre de 1869, el Papa
inauguró el XIX Concilio ecuménico. Una "Constitutio
de Fide catholica", o "Dei Filius",
fue promulgada en 1870 por el Concilio,
conteniendo una exposición clara y precisa de los
principios de la fe, de las relaciones entre la fe
y la razón, de la revelación, etc. Después de
largos debates, la "Constitución Pastor
Aeternus" proclamaba el principio de la
infalibilidad del Soberano Pontífice,
reconociendo al Papa "un pleno y supremo
poder de jurisdicción sobre toda la Iglesia, no sólo
en las cosas que atañen a la fe y a las
costumbres, sino también en las que pertenecen a
la disciplina y al gobierno de la Iglesia
Universal". Estallada la guerra entre Francia
y Prusia, el Concilio suspendió sus reuniones y
fue aplazado para días más tranquilos.
Un importante cambio fue realizado
por la Iglesia en aquellos años. Defraudada por
los soberanos, perseguida por los reyes, los príncipes
y caudillos de la nueva era, la Iglesia se volvió
otra vez hacia el pueblo, de tal manera que
Spadolini pudo hablar de un "papado
socialista", cuyos principios eran formulados
por León XIII. En todos los países los gobiernos
atacaban a la Iglesia prohibiendo las actividades
de la órdenes religiosas, suprimiendo órdenes y
conventos, prohibiendo incluso la publicación de
las Encíclicas pontificias. La masonería, el
socialismo y el comunismo, el liberalismo de tipo
radical, concentraban sus ataques alrededor de la
Iglesia. Fue en Alemania donde la lucha cobró
aspectos más dramáticos, debido a la furia
anticatólica y antilatina de Bismarck, que hizo
suya la doctrina del materialista Virchow, autor
del KulturKampf o Lucha por la civilización, y
llevó el combate al terreno parlamentario. Por un
momento la victoria de un racismo religioso,
protestante y germánico, representado por la
Alemania del canciller de Berlín, pareció
segura, ya que Bismarck había eliminado al campeón
de la latinidad, Napoléon III. Tocó a León XIII
ganar esta batalla, que agitó durante más de un
decenio las almas del flamante Imperio.
El 7 de febrero de 1878 el Papa Cruz
de Cruce, como lo designaba la profecía de Malaquías,
falleció, después de haber bendecido a los
cardenales y a todo el mundo católico. Acababa
con él el más largo pontificado de la historia y
una de las épocas más trágicas y más heroicas
del catolicismo.
Bajo el pontificado de Pío IX, en
1860, fue fundado el periódico "Osservatore
romano", tribuna oficial de la Santa Sede.