San
Anacleto fue romano, hijo de Emiliano, nacido
en la calle Patricia de la región o barrio
quinto, y habiéndole convertido a la fe el Apóstol
San Pedro se hizo discípulo suyo, y en la escuela
de tal maestro aprovechó tanto en tan poco
tiempo, que fue ejemplo y modelo de todo el clero
de Roma, así por su celo como por su fervor y
admirable devoción.
Con su afabilidad conquistaba los
corazones de todos, hasta de los mismos paganos; y
el grande amor que profesaba a Jesucristo daba a
entender que había heredado de su maestro aquella
singular tenura con que éste había mirado
siempre al Salvador. Hacía San Pedro tanto
aprecio de San Anacleto, que se cree, y con razón,
haberle escogido juntamente con San Lino, no sólo
para trabajar a su visita en Roma y sus contornos,
como los demás operarios evangélicos, sino también
para que en su presencia gobernasen aquella
primera Iglesia del mundo.
A San Lino le sucedió San Anacleto
en el año 76. Bien era menester un Pontífice tan
grande en aquellos dificultosos tiempos de una
Iglesia recién nacida y de una persecución tan
universal. No hubo provincia tan remota en todo el
Imperio romano, ni rincón tan escondido que no
sintiese los efectos de su caridad y de su celo en
las necesidades de los cristianos. A unos socorría
con limosnas, a otros alentaba con cartas, y a
todos dirigía y consolaba con paternales
instrucciones. Aunque el rebaño era muy numeroso,
a todos proveía el vigilante Pastor. Ordenó en
Roma a 25 presbíteros, y no omitió medio alguno
de cuantos podían contribuir al bien, aumento y
propagación de la Iglesia.
Habían pasado 12 años que gobernaba
la Iglesia, cuando Domiciano, mortal enemigo de
los cristianos, excitó contra ellos una de las más
horribles persecuciones. No se pueden decir las
crueldades que ejerció contra los siervos de
Cristo, cuyo nombre estaba resuelto a exterminar.
A un mismo tiempo estalló la tempestad en todas
partes: en un sólo día se contaron muchos
millares de Mártires, y en todos los rincones del
Imperio corrían arroyos de sangre de aquellos héroes
cristianos.
Pero hacía poco caso el tirano de la
exterminación del rebaño, mientras quedase con
vida el Pastor, y así convirtió contra él toda
su rabia. Mandó que fuese buscado el Pontífice
romano, el cual no cesaba de correr día y noche
por la ciudad y las campiñas, arrastándose, digámoslo
así, por las grutas y cavernas, para asistir y
consolar a los fieles.
San Anacleto fue arrestado y metido
en una cárcel cargado de cadenas. La alegría que
mostró, con admiración de todos, acreditaba el
deseo que tenía de derramar su sangre por Cristo;
pero la impaciencia con que estaba el tirano por
verle acabar la vida, le ahorró muchos tormentos.
Fue, pues, martirizado en Roma el día 26 de abril
del año 90. Conservase su cuerpo en la Iglesia de
San Pedro en el Vaticano, y se muestran algunas de
sus santas reliquias en las de San Pablo de Plaza
Colonna.
Le honran como a su patrono y
titular: la ciudad de Ruvo en la antigua Calabria,
creyéndose en ella por antigua tradición que
habiendo venido a ella San Anacleto, viviendo
todavía San Pedro o poco después de su muerte,
siguiendo su carrera apostólica, convirtió a la
fe a la mayor parte de sus vecinos, y fue su
primer obispo o a lo menos su Apóstol, antes de
ascender al sumo pontificado.