San
Aniceto, fue originario de Siria. Nació hacia
el fin del primer siglo, y la grande reputación
que ya tenía en la Iglesia hacia la mitad del
segundo es testimonio de la santidad con que pasó
los primeros años de su vida. Fue azote de los
herejes y era venerado por uno de los más sabios
y más santos presbíteros de la Iglesia de Roma,
cuando habiendo sido coronado del martirio del
Papa Pío I, el año 155, fue nombrado por sucesor
suyo.
Echó Dios bendición al celo y a los
trabajos de Aniceto. En poco tiempo se vio libre
el rebaño de las herejías. Descubiertos y
confundidos los Valentinianos, los Marcionistas y
todos los demás herejes por el celo de Aniceto,
fueron objeto de la execración de todos. Instruyó
y cultivó a su pueblo con tal feliz suceso, que
Roma, centro de la unidad y de la fe, lo fue
igualmente de la santidad, y teatro de la virtud
cristiana: así lo testifica Egesipo, que vino a
Roma en tiempo de San Aniceto.
Habiendo Egesipo tratado en su viaje
a muchos obispos de Occidente, y habiendo
observado en Roma así la pureza de la fe como la
santidad de las costumbres de los fieles, admirado
de una y de otra, hizo un magnífico elogio al
pastor y del rebaño. Escribió en 5 libros la
Historia eclesiástica, desde la Pasión de Cristo
hasta su tiempo, que se reducía a una sincera
colección de las tradiciones apostólicas; pero
que ya no nos han quedado de una obra tan antigua
y tan auténtica más que algunos fragmentos
conservados por Eusebio, en los cuales se ve la
sinceridad que San Egesipo, da testimonio de que
hasta su tiempo no había silla episcopal, ni
ciudad cristiana, y sobre todo Roma, donde no se
observase lo que manda nuestra Santa Ley, lo que
los Apóstoles habían predicado, y lo que había
enseñado el mismo Jesucristo.
Al principio de su pontificado le
vino a visitar San Policarpo, que lleno de
estimación y de singular admiración a Aniceto,
tuvo especial consuelo en pasar a conferir con él
algunos puntos de disciplina eclesiástica en que
aún no habían convenido las Iglesias griega y
latina, y todavía no estaban decididos. Presto se
concordaron los dos Santos. Y como era tanto lo
que San Policarpo defería y respetaba al Vicario
de Cristo, y era tan singular la estimación que
Aniceto hacía de Policarpo, estrecharon entre sí
un íntima amistad.
San Justino, estableció en Roma, según
el plan que le dio el mismo Aniceto, una escuela
de virtud en que daba lecciones de religión a
cuantos querían ser instruidos.
Gobernó la Iglesia San Aniceto, según
Eusebio y Nicéforo, por espacio de cerca de doce
años con admirable celo. Prohibió que los clérigos
trajesen el cabello largo, y mandó que todos
anduviesen con corona o tonsura clerical. Afirma
San Gregorio Turonense que el autor de esta corona
fue San Pedro; en memoria de la corona de espinas
del Salvador, y así es probable que San Aniceto
estableciese por decreto lo mismo que hasta allí
no era más que una mera y piadosa costumbre. Lo
cierto es que antiguamente sólo se dejaba una
especie de cerquillo alrededor de la cabeza,
estando todo lo demás raído a navaja, a la
manera que aún el día de hoy lo observan muchos
religiosos.
Aniceto fue coronado del martirio en
la persecución de Marco Aurelio, hacia el año
del Señor de 166, y su santo cuerpo fue enterrado
por los cristianos en el Cementerio de Calixto.
El año 1590, Minucio, arzobispo de
Munich, y secretario de Guillelmo, duque de
Baviera, llevó a aquella ciudad la cabeza de
nuestro Santo, y la colocó en la Iglesia de los
Padres de la Compañía, donde es reverenciada con
singular devoción. En el 1604, habiendo mandado
San Clemente VIII que todos los cuerpos santos que
se hallasen en dicho Cementerio de Calixto fuesen
sacados de él, y trasladados a lugar más
decente: Juan, duque de Altemps, pidió y consiguió
del Papa el cuerpo de San Aniceto, y mandado
labrar una magnífica capilla, colocó en ella tan
inestimable tesoro en un suntuoso sepulcro de mármol,
donde es reverenciado con la mayor devoción.