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San
Evaristo griego de nacimiento, pero
originario de Judea, como hijo de un judío
llamado Judas, natural de Belén, que fijó su
residencia en la Grecia, y educó a su hijo en
la doctrina y principios de su religión. Nació
por los años 60, con tan bellas disposiciones
para la virtud y para las letras, que su padre
dedicó el mayor cuidado a cultivarlas, dando al
niño maestros hábiles que le instruyesen tanto
en éstas como en aquella. Era Evaristo de
excelente ingenio, de costumbres inocentes y
puras; por lo que hizo grandes progresos en
breve tiempo. No se sabe cuándo ni dónde tuvo
la dicha de convertirse a la fe de Jesucristo,
como ni tampoco con qué ocasión vino a Roma; sólo
se sabe que era del clero de aquella Iglesia,
madre y maestra de todas las demás, centro de
la fe y de la religión.
Evaristo, con su celo y santidad,
generalmente reconocida y celebrada en toda
Roma, sostenía la virtud de todos los fieles;
pues siendo todavía un mero presbítero, encendía
el fervor y la devoción en los corazones de
todos con sus instrucciones, con su caridad y
con sus ejemplos. Era tan universal la estimación
y veneración con que todos le miraban, que
habiendo sido coronado con el martirio el Santo
Pontífice Anacleto, sucesor de San Clemente, sólo
vacó la silla apostólica el tiempo preciso
para que se juntase el clero romano, que sin
deliberar un sólo momento, a una voz colocó en
ella a San Evaristo.
No hubo en toda la Iglesia quien
desaprobase esta elección, sino el mismo Santo.
Por su profunda humildad, por el bajo concepto
que tenía formado de sí mismo, por la gran
estimación que hacía de la ciencia, de la
virtud y del mérito de todos los demás que
componían el clero, dudó mucho que aquella
elección fuese dirigida por el Espíritu Santo:
resistíosla, representó su indignidad; pero su
misma resistencia acreditó más visiblemente lo
mucho que la merecía.
A pesar de su humildad, le fue
forzoso rendirse y ceder a la voluntad de Dios,
manifestada por la voz del pueblo y por los unánimes
votos de toda la clerecía. Fue consagrado el día
27 de julio del año 99 del Señor.
Luego que el nuevo Papa se vió
colocado en la silla de San Pedro, aplicó todo
su desvelo a remediar las necesidades de la
Santa Iglesia en que el calamitoso tiempo,
perseguida en todas partes por los gentiles, y
cruelmente despedazada por los herejes. Los
Simoniacos, o los Simonianos, los discípulos de
Menandro, los Nicolaítas, los Gnósticos, los
Cainianos, los discípulos de Saturnino y de Basílides,
los de Carpócrates, los Valentinianos, los
Helceseitas y algunos otros herejes, animados
por el espíritu de las tinieblas, hacían todos
sus esfuerzos y se valían de todos sus
artificios para derramar en todas partes el
veneno de sus errores, singularmente entre los
fieles de Roma; persuadidos a que una vez
inficionada la cabeza del mundo cristiano, luego
se dilataría a todo el cuerpo la ponzoña del
error, haciendo el mayor estrago. Pero como
Jesucristo tiene empeñada su palabra de que las
puertas del infierno jamás prevalecerían
contra su Iglesia, para detener esta inundación
de iniquidad, y para disipar esta multitud de
enemigos, había dispuesto su amorosa
providencia que ocupase San Evaristo la cátedra
de la verdad.
Con efecto, el Santo Pontífice
aplicó con tanto desvelo a cuidar del campo que
el Señor le había confiado, que el hombre
nunca pudo lograr sembrar en él la cizaña.
Todos los fieles de Roma conservaron siempre la
pureza de la fe; y aunque la mayor parte de los
heresiarcas concurrió a aquella capital para
pervertirla, el celo, las instrucciones y la
solicitud pastoral del Santo Papa fueron
preservativos tan eficaces, que el veneno del
error jamás pudo ganar el corazón de un solo
fiel.
Pero esta pastoral solicitud del
vigilante Pontífice no se limitó precisamente
a preservar a los fieles de doctrinas
inficionadas; adelantándose también a
perfeccionar la disciplina eclesiástica por
medio de prudentísimas reglas y decretos, que
fueron de grande utilidad a toda la Iglesia.
Distribuyó los títulos de Roma entre ciertos
presbíteros particulares para que cuidasen de
ellos. No eran entonces estos títulos Iglesias
públicas, sino como unos oratorios privados
dentro de casas particulares donde se
congregaban los cristianos para oír la Palabra
de Dios, para asistir a la celebración de los
divinos misterios, y para ser participantes de
ellos.
Llamábanse títulos, porque sobre
sus puertas se grababan unas cruces para
distinguirlos de los lugares profanos; así como
los sitios públicos se distinguían por las
estatuas de los Emperadores, a las cuales se les
daba el mismo nombre de títulos.
Los presbíteros nombrados para la
dirección de aquellos oratorios eran
propiamente los párrocos de Roma, que en tiempo
de Optato eran en número de cuarenta. Ordenó
también, que cuando predicase el obispo le
asistiesen siete diáconos para honrar más la
Palabra de Dios, y por respeto a la dignidad
episcopal en el principal ministro de ella.
Asimismo mandó, que conforme a la tradición
apostólica se celebrasen públicamente los
matrimonios, y que los desposados recibiesen en
público la bendición de la Iglesia.
Atribuyese a San Evaristo dos epístolas,
una a los fieles de África, y otra a los de
Egipto. Esta es sobre la reforma de las
costumbres; y en aquella se condena que un
obispo pase de un obispado a otro puramente por
ambición o por interés, declarándose que no
son lícitas semejantes traslaciones sin una
evidente necesidad, y sin que se haga canónicamente
la misma traslación. Ocupado total y únicamente
San Evaristo en dar todo el lleno a las
obligaciones de buen pastor, no descargaba
enteramente el cuidado de repartir el pan de la
Divina Palabra en los santos presbíteros que
había nombrado para cada parroquia; él mismo
le distribuía cotidianamente a su pueblo, y aún
muchas veces al día.
Extendiese su infatigable celo a
los niños y hasta los esclavos, debiéndose a
esta menuda solicitud, a ésta caridad
universal, eficaz y laboriosa la conservación
de todo su rebaño en la pureza de la fe, a
pesar de los artificios y de los lazos que
armaban tantos heresiarcas.
Aunque el emperador Trajano fue en
realidad uno de los mejores príncipes que
conoció el gentilismo, tanto por su dulzura
como por su moderación, no por eso fueron mejor
tratados en su tiempo los que profesaban la
religión cristiana. Antes bien no cedió
ni en tormentos ni crueldades a las demás
persecuciones la que padeció la Iglesia en
tiempo de este emperador. Hacía gloria Trajano,
de ser más religioso que los otros príncipes,
y de mantener las leyes del Imperio romano en
todo su vigor. Es verdad que no publicó edicto
nuevo contra nuestra Religión, según se lee en
San Melitón y en Tertuliano; pero tenía mortal
aversión a los cristianos, porque no los conocía,
sino por los horrorosos retratos que le hacían
así sus cortesanos idólatras, como los
sacerdotes de los ídolos; y bastaba esta aversión
para excitar contra ellos a los pueblos y a los
magistrados.
De este mismo principio nacían
aquellos tumultos populares en el circo, en los
anfiteatros, en los juegos públicos, en los
cuales, sin que precediese por parte de los
fieles el más mínimo motivo, la muchedumbre
levantaba el grito, pidiendo alborotadamente su
muerte y la extirpación de su secta. A estos
amotinamientos populares se atribuye la
persecución de la Iglesia en el Imperio de
Trajano. Esta persecución se señala en la crónica
de Eusebio hacia el año 108 de Jesucristo, el
onceavo de dicho emperador, y duró hasta la
muerte de este príncipe, que sucedió el año
117, a los diez y nueve de su reinado.
No podía estar a cubierto de esta
violenta tempestad el Santo Pontífice Evaristo,
siendo tan sobresaliente la eficacia de su celo,
y tan celebrada en toda la Iglesia la santidad
de su vida. El desvelo con que atendía a las
necesidades del rebaño hizo odioso a los
enemigos del cristianismo al Santo Pastor, sin
que en su avanzada edad entibiase su apostólico
ardor, ni fuese motivo para moderar sus
excursiones y sus gloriosas fatigas. Siendo tan
visibles y tan notorias las bendiciones que
derramaba Dios sobre su celo, de necesidad habían
de meter mucho ruido, o a lo menos era imposible
que del todo se ocultasen a los enemigos de la
Religión.
Crecía palpablemente el número de
los fieles, y regada la Viña del Señor con la
sangre de los Mártires, se ostentaba más
lozana, más florida y más fecunda. Conocieron
los paganos que esta fecundidad era efecto de
los sudores y del celo del Santo Pontífice, por
lo que resolvieron deshacerse de él,
persuadidos de que el medio más eficaz para que
se dispersase el rebaño, era acabar con el
pastor. Le echaron mano, y le metieron en la cárcel.
Mostró tanto gozo de que le juzgaran digno de
derramar su sangre y de dar su vida por amor a
Jesucristo, que quedaron atónitos los
magistrados, no acertando a comprender cómo cabía
tanto valor y tanta constancia en un pobre
viejo, agobiado con el peso de los años.
En fin, fue condenado a muerte como cabeza
de los cristianos; y aunque se ignora el género
de suplicio con que acabó la vida, es indudable
que recibió la corona del martirio el día 26
de octubre del año del Señor de 107, honrándole
desde entonces hasta el día de hoy como a mártir
de la Universal Iglesia.
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