San
Lino fue el primer obispo de Roma
inmediatamente después de San Pedro, a quien
sucedió el año 64 de Nuestro Señor, después de
que el Santo Apóstol recibiera la corona del
martirio.
Este Santo, de quien hace mención el
Apóstol San Pablo en aquellas palabras de la
Carta a Timoteo: "Te mandan saludos Eubulo,
Pudente, Lino, Claudia y todos los hermanos"
(2 Timoteo 4,21), fue italiano, natural de
Volterra en la Tosacana, de familia noble y
distinguida, tanto por su calidad y por sus
grandes bienes de fortuna, como por los primeros
cargos que sus ilustres antepasados habían
dignamente ejercido en el país.
Su padre fue un señor de nombre
Herculano, y su madre aquella misma Claudia, cuyo
elogio hace el Apóstol San Pablo escribiendo a
Timoteo desde la prisión nueve o diez meses antes
de su muerte; lo que da motivo a creer que toda
aquella ilustre familia había abrazado el
cristianismo durante las apostólicas excursiones
que San Pedro y San Pablo habían hecho por toda
Italia.
Desde luego reconoció San Pedro en
San Lino un natural tan bello, una piedad tan
pura, tan sólida y tan sobresaliente, un fondeo
de capacidad y de prudencia tan grande, y un celo
tan generoso y tan a prueba de todo, en un tiempo
en que la tierna y recién nacida Iglesia tenía
tanta necesidad de buenos y fieles ministros.
Gozó la Iglesia de bastante
tranquilidad en todo el tiempo del Emperador
Claudio, y los diez primeros años del Imperio de
Nerón; y queriendo San Pedro aprovecharse de
aquella calma, para asistir al Concilio de Jerusalén
hacia el año 48 de Cristo, y para hacer muchas
excursiones apostólicas en diferentes provincias,
se tiene por cierto que para no dejar sin pastor a
su querido rebaño ordenó obispo a San Lino, y le
hizo vicario suyo en Roma, junto con San Clemente,
durante el tiempo de su ausencia.
Reconoció San Pedro a su vuelta, que
no se había equivocado en el concepto del mérito,
del celo y de las grandes virtudes de San Lino,
admirando su solicitud pastoral, su prudencia, su
gran caridad y las demás admirables prendas que
le habían hecho dueño de los corazones, y
merecido la estimación de todos los fieles.
San Pedro envió a San Lino a las
Galias para que llevase a ellas la luz de la fe.
Lleno nuestro Santo del mismo espíritu que
animaba a los Apóstoles, atravesó los Alpes,
entró en aquellas vasta regiones en que reinaba
la idolatría. Llegó a Bensanzon, ciudad célebre
sobre el río Doux, capital del Franco condado, y
de la cual se hace mención en los comentarios de
César.
Como a algunos centenares de pasos
antes de la ciudad encontró San Lino a un oficial
llamado Onosio, que era tribuno. Miró Onosio con
atención a aquel extranjero; y movido de su aire,
pero más que todo de su singular modestia, le
preguntó de dónde era, qué religión profesaba,
y a qué fin se dirigía su viaje.
Aprovechando San Lino aquella ocasión
para anunciar a Jesucristo le dijo a Onosio:
"Yo adoro al único y sólo Dios verdadero,
Todopoderoso, y eterno Creador de todas las cosas,
a quien ruego que te sea propicio. Este sólo
verdadero Dios tiene un único Hijo, tan Eterno y
tan Poderoso como Él; y éste su único Hijo
movido de la ceguedad y miseria de los hombres, se
hizo hombre por la salud de los mismos hombres: se
llama Jesucristo, y quiso morir en una cruz por
nuestros pecados. Es verdad que para demostrar que
era también Dios resucitó por su propia virtud
al tercer día después de su muerte. Ahora vive
en el cielo, y vivirá eternamente en él en compañía
de los que abrazaren su religión, guardaren sus
mandamientos y murieren en su gracia".
Oyendo esto Onosio, ya fuese por
ligereza o por burla, se echó a reír; pero como
ya antes había oído hablar de Jesucristo
crucificado, le picó la curiosidad, y deseoso de
saber a fondo toda la historia, brindó a San Lino
su casa. Aceptó San Lino su hospedaje, y a pocos
días por su modestia, por su dulzura y por su
singularísima santidad se hizo dueño de todo el
corazón y de toda la estimación del Tribuno,
logrando San Lino la conversión del mismo.