San
Sotero fue natural de Fondi, en el reino de Nápoles.
Nació a fines del primer siglo o a principios del
segundo, y fue educado en el seno de la Iglesia en
aquellos días felices de su primitivo fervor. Fue
elegido unánimente por sucesor en la silla de San
Pedro, muerto el Papa San Aniceto.
Marco Aurelio seguía con la cruel
persecución de los cristianos; unos eran
enterrados vivos en profundos calabozos, oprimidos
por el peso de los hierros; otros sepultados en
las minas, éstos despedazados en los cadalsos,
aquellos expuestos a las fieras de los
anfiteatros. Este era un espectáculo que ofrecían
a los ojos del mundo los cristianos cuando San
Sotero tenía el gobierno de la Iglesia, con que
tuvo ocasión de emplear su vigilancia y su
desvelo en descubrir las necesidades espirituales
y corporales de aquellos santos confesores y todo
su celo en remediarlas.
No omitió diligencia para recoger
limosnas, enviándolas a las Iglesias de
diferentes ciudades, acompañadas de instrucciones
muy saludables en las cartas que les escribía, en
que exhortaba a los fieles a mantenerse firmes en
la fe, a vivir unidos entres sí con los obispos y
pastores que los gobernaban, a sufrir con
paciencia y aún con alegría las crueles
persecuciones y tormentos por amor de Jesús.
Era digno de la mayor admiración ver
a San Sotero, oprimido de años y trabajos, buscar
en persona a los cristianos dentro de las cavernas
y lugares subterráneos, alentarles con sus
palabras, animarles con sus ejemplos y mantenerles
con sus continuas limosnas.
San Dionisio, obispo de Corinto,
escribió esta carta al Papa San Sotero:
"Desde luego, te acostumbraste a derramar tu
beneficencia sobre los hermanos, enviando a muchas
iglesias con qué mantenerse: aquí socorres a los
pobres en sus grandes necesidades; allí asistes a
los que trabajan en las minas: en todas partes
renuevas la generosa caridad de tus antecesores,
socorriendo a los que padecen por
Jesucristo".
Fortificaba a los cristianos por
medio de sus cartas que inspiraban nuevo fervor, y
así se leían con veneración en las Iglesias.
"Hoy celebramos el santo día del domingo
(continúa el Santo obispo de Corinto), y hemos leído
vuestra epístola, que proseguiremos leyendo para
nuestra instrucción".
San Sotero se opuso a la herejía de
Montano, cuya secta comenzó a asomar la cabeza en
el año 171; y lo hizo con tanta valentía y con
tanta felicidad por medio de sus sabios escritos,
que muchos años después no se echaba mano de
otras armas para combatir a Tertuliano cuando se
declaró sectario suyo.
Expidió varios decretos, entre los
cuales hay uno que prohíbe a las monjas tocar los
vasos y los corporales, como también suministrar
el incienso en el oficio divino. Gobernó San
Sotero la Iglesia por espacio de cerca de 9 años,
y no podía faltar la corona del martirio a una
vida tan pura. Despedazadas en todas partes
las ovejas, era consiguiente que el pastor no se
escapase del furor de los tiranos; y aunque
ignoramos el género del martirio, lo sufrió
nuestro Santo el 22 de abril del año 175. Sergio
II trasladó su cuerpo del Cementerio de Calixto a
la Iglesia de Equicio, dedicada a los Santos
Silvestre y Martín.
Se veneran en Toledo algunas
reliquias de San Sotero, y se celebra su fiesta en
aquella Iglesia con gran solemnidad. También
guardan algunas reliquias de San Sotero, los
jesuitas de Munich en Baviera y las conservan con
mucha veneración.