San
Telesforo: Entre los auxiliares de los Apóstoles
en la promulgación de la fe cristiana, se
refieren aquellos esclarecidos imitadores de los
santos profetas Elías y Eliseo, habitantes del
Monte Carmelo, donde en honor de la Santísima Virgen
edificaron un oratorio para darle culto, los
cuales predicaban el Evangelio entre los gentiles
y judíos esparcidos por Palestina, Samaria y
otras provincias. Uno de los profesores de ese
instituto fue San Telésforo, griego de nación,
hombre de espíritu, cuya fama ilustró las
regiones del Oriente y llegó a Roma, donde,
conocido su mérito, después de la muerte del
Papa Sixto I fue electo Sumo Pontífice en el día
9 del mes de abril del año 125.
Tenía la Iglesia necesidad de un
pastor magnánimo, brioso y científico, en tiempo
que el furor de los gentiles la perseguía de
muerte, y la perversidad de los herejes no
perdonaba medio para corromper el Sagrado Depósito
de la Fe y santidad de las costumbres. Todo este
auxilio logró en Telésforo, que elevado a
aquella cátedra, se portó como un verdadero
sucesor de San Pedro. Bien persuadido de las
obligaciones propias de un pastor universal de la
Iglesia, procuró desempeñarlas con la mayor
vigilancia. No faltaron en su tiempo ocasiones
para demostrarlo. Los discípulos de Basílides
Antioqueno, hombre de ingenio agudo y perverso,
socio de Saturnino y discípulo de Menandro,
penetraron hasta Roma, con el fin de sembrar en
ella el veneno de su impía doctrina contra el
Redentor del mundo.
Cerdon, otro heresiarca maligno, que
por principios de su secta establecía dos dioses,
uno bueno y otro malo, despreciaba el Antiguo
Testamento y los Profetas, y negaba que Jesucristo
hubiese nacido de Santa María Virgen, tenido
verdadera carne, padecido y muerto en realidad,
con los sofismas de que se valía tenía engañados
a no pocos hombres simples. Estos, y otros monstruos
del infierno que se reunieron en la capital del
orbe cristiano, perseguían a la Iglesia con más
daño que los mismos gentiles; más Telésforo,
oponiéndose a semejantes fieras, con desvelos
libró al rebaño de Jesucristo del contagio de
las herejías, con suceso tan feliz, que en su
tiempo se vió en Roma, centro de la unidad y de
la fe, florecer ésta, el fervor de los fieles y
santidad de sus costumbres.
No satisfecho su celo con tal fatiga,
deseoso de dilatar el reino de Jesucristo, envió
operarios apostólicos por diferentes partes del
mundo a que predicasen el Santo Evangelio, y con
la luz de su celestial doctrina ilustrasen a los
miserables infieles sumergidos en las tinieblas de
la idolatría. Aún en tiempo tan turbulento como
el de su pontificado, halló lugar su solicitud
para establecer varios reglamentos utilísimos
sobre disciplina eclesiástica. Fueron memorables
entre ellos la disposición de que los obispos y
sacerdotes de Dios no fuesen acusados por los
seglares, ni manchados por cualesquiera clase de
calumnias: que no se juzgase al prójimo con
temeridad, especificando la clase de acusadores
que debían admitirse en los juicios; y mostrado
con muchos testimonios de la Santa Escritura la
malicia de los que fuesen tales contra los siervos
de Dios.
Asimismo estableció la abstinencia
de carnes y lacticinios por el espacio de siete
semanas precedentes a la Pascua de Resurrección;
de modo que, aunque el ayuno cuadragesimal tuvo su
origen de institución apostólica, observado por
tradición según las diversas costumbres de las
Iglesias. Telésforo le ordenó en el tiempo dicho
por constitución perpetua. También dispuso que
en la noche de la Natividad de Nuestro Salvador
Jesucristo; otra al romper la aurora, cuando fue
adorado por los pastores, y otra en la hora de
tercia en señal de la luz que brilló sobre
nosotros por el nacimiento del Mesías; con la
prevención de que en estas y otras Misas solemnes
se rezase o cantase el himno Gloria in exclesis
Deo, y de que en el Santo Sacrificio se dijese el
Evangelio antes canon. Cuatro veces dio órdenes
en el mes de diciembre, en las que creó diez y
nueve presbíteros, diez y ocho diáconos, y trece
obispos para diversas Iglesias.
Después de haber gobernado la
Iglesia once años, nueve meses y tres días,
terminó su carrera con la gloria del martirio en
tiempo del emperador Antonino Pío, en el día 5
de enero del año 136.